Durante siglos, la tuberculosis fue conocida como la "peste blanca", una plaga implacable que consumía los pulmones de millones de personas en todo el planeta. Sin embargo, la medicina de la era de la Ilustración observaba con pavor cómo este microbio era capaz de abandonar los pulmones y realizar una invasión silenciosa hacia el interior más profundo del cuerpo: el esqueleto. Pacientes jóvenes y niños comenzaban a sufrir dolores intolerables en la espalda, seguidos de la aparición de bultos blandos llenos de pus y, finalmente, un colapso de la columna que les provocaba una joroba súbita y una parálisis total de las piernas. La medicina de la época achacaba esta deformidad a caídas o a castigos divinos. Tuvo que llegar uno de los cirujanos más brillantes e ingeniosos de Inglaterra para demostrar que la joroba y la parálisis procedían de una misma y destructiva infección que carcomía las vértebras como la carcoma a la madera.
El monarca de la cirugía en el Londres ilustrado
Percivall Pott nació en Londres en 1714, en una época en la que la cirugía estaba dejando de ser un oficio bárbaro practicado por barberos para convertirse en una ciencia médica basada en la anatomía exacta. Dotado de una elegancia innata, una cultura humanista desbordante y una destreza quirúrgica que rozaba la perfección, Pott desarrolló casi toda su legendaria carrera en el célebre Hospital de San Bartolomé de Londres (St Bartholomew's Hospital). Pott no era un cirujano rudo; defendía una medicina compasiva y se oponía con fuerza al uso salvaje de cauterios de fuego y amputaciones innecesarias que caracterizaban a los quirófanos del siglo XVIII.
Su vida dio un vuelco dramático un frío día de enero de 1756. Mientras cabalgaba para visitar a un paciente, su caballo resbaló sobre el fango helado de las calles de Londres, cayendo sobre él y provocándole una fractura abierta y catastrófica de tibia. Sabiendo que en su época una herida así terminaba casi siempre en amputación o muerte por infección, Pott permaneció tumbado en el suelo helado y prohibió que nadie lo moviera hasta que sus criados compraron una puerta vieja para usarla como camilla rígida, evitando que los fragmentos de hueso rompieran los vasos sanguíneos. Durante los largos meses de convalecencia en su cama, para evadir el dolor, se dedicó a escribir los tratados científicos sobre fracturas y anatomía que revolucionaron la cirugía ortopédica mundial.
Las vértebras carcomidas
El gran hito científico que inmortalizó su apellido se consolidó en 1779. Intrigado por la gran cantidad de pacientes que ingresaban en el hospital con deformidades severas en la columna, parálisis en las extremidades inferiores y acumulaciones de pus en los muslos, Pott decidió realizar un estudio clínico y anatomopatológico sistemático.
Al analizar la columna vertebral en las autopsias, descubrió un fenómeno patológico espeluznante. Los cuerpos de las vértebras no estaban fracturados por un golpe; estaban literalmente perforados y reblandecidos debido a un proceso inflamatorio destructivo. Al perder su densidad y su fuerza, las vértebras colapsaban bajo el peso del propio cuerpo, aplastándose unas contra otras. Este colapso provocaba una angulación hacia atrás que formaba la característica joroba y comprimía de forma brutal la médula espinal, interrumpiendo las señales eléctricas y dejando al paciente paralítico.
En 1779, publicó su célebre monografía demostrando al mundo que la joroba, el pus y la parálisis no eran tres desgracias independientes, sino las manifestaciones de una misma enfermedad destructiva de la columna. Aunque Pott no llegó a conocer al bacilo causante (que sería descubierto un siglo después por Robert Koch), la comunidad médica internacional quedó tan impactada por la exactitud de su descripción que bautizó de forma unánime el cuadro como el Mal o Enfermedad de Pott.
Desarmar la tuberculosis ósea
Fallecido en 1788 a los 74 años, Pott fue respetado como uno de los grandes benefactores de la sociedad británica, dejando además un legado histórico en la salud pública al descubrir el cáncer de los deshollinadores, el primer tumor de origen laboral documentado.
En la práctica clínica contemporánea, el impacto de su hallazgo sigue salvando la movilidad de miles de personas. Hoy en día, ante un paciente con sospecha de Mal de Pott, los especialistas realizan diagnósticos de certeza absoluta en fases ultra-tempranas mediante resonancias magnéticas de alta definición y biopsias por punción guiadas por tomografía computarizada.
La enfermedad ya no se combate con corsés de hierro; se cura mediante potentes esquemas combinados de fármacos antituberculosos que aniquilan al bacilo desde el interior en pocos meses. En los casos avanzados donde la columna amenaza con colapsar, los cirujanos actuales realizan microcirugías de reconstrucción y estabilización con titanio, enderezando el esqueleto y preservando la capacidad de caminar del paciente gracias al ingenio inicial de Pott.
Curiosidades de una columna de piedra
- El camaleón del absceso de psoas: El pus generado por la destrucción de las vértebras de la espalda puede viajar por gravedad hacia abajo hasta aparecer como un bulto inflamado en la ingle o en el muslo, una señal de sospecha que hoy en día hace que los médicos miren de inmediato hacia la columna.
- Una firma doble en la traumatología: El apellido de Percivall Pott está inmortalizado por partida doble. Además de su enfermedad espinal, los médicos estudian la famosa Fractura de Pott (fractura-luxación del tobillo), un hallazgo derivado directamente de las investigaciones que realizó durante su propia convalecencia tras su accidente en el hielo.
- El fin del estigma social: Al demostrar que la joroba era simplemente la cicatriz mecánica de una infección grave y no un castigo divino, las publicaciones de Pott en 1779 ayudaron a derribar el cruel estigma que sufrían las personas con deformidades en la espalda.












