El Momento Eureka
Berlín, diciembre de 1890. El viento invernal golpea con fuerza los ventanales del Instituto de Higiene, pero en el interior del laboratorio el ambiente es sofocante, cargado de vapores químicos, el olor acre de los mecheros Bunsen y el sutil pero inconfundible aroma de la muerte. Emil von Behring contempla las jaulas de los conejillos de indias con los ojos enrojecidos por el insomnio. A su lado, trabajando en un silencio casi místico, se encuentra su brillante colega japonés, Kitasato Shibasaburo. Llevan meses librando una guerra invisible contra un asesino implacable: la Corynebacterium diphtheriae, la bacteria maldita que estrangula las gargantas de los niños europeos, ahogándolos en sus propias cunas ante la mirada impotente de sus madres.
Hasta ese momento, la incipiente ciencia de la bacteriología, liderada por el titánico Robert Koch, sostenía un dogma aparentemente inamovible: para vencer a una enfermedad, había que destruir al microbio directamente dentro del cuerpo. Pero Behring intuía algo diferente. El enemigo no era solo la bacteria, sino el veneno letal que esta vertía en el torrente sanguíneo: la toxina.
El experimento crucial está a punto de concluir. Behring extrae con mano firme una pequeña muestra de suero de un animal que ha logrado sobrevivir a una dosis mortal de la toxina diftérica. Ese suero es transparente, en apariencia inofensivo, una sustancia líquida desprovista de células vivas. Con una jeringa de cristal, inyecta este fluido milagroso en un grupo de conejillos de indias completamente sanos. Horas más tarde, introduce en esos mismos animales una carga masiva de la toxina pura, una dosis fulminante que habría matado a cualquier ser vivo en cuestión de horas.
Llega la noche. Behring no se marcha a casa. Observa fijamente el segundero de su reloj, midiendo el tiempo con el pulso de su propio corazón. El silencio del laboratorio es sepulcral. Pasan las horas críticas en las que el veneno debería comenzar a necrosar los tejidos y colapsar los órganos de los animales. Sin embargo, los conejillos de indias se mueven con normalidad, buscan comida y respiran sin dificultad. La toxina letal se ha vuelto completamente inofensiva al entrar en contacto con el suero purificado.
Behring, conteniendo el aliento, comprende el alcance tectónico de lo que acaba de presenciar. No ha destruido al invasor con un veneno químico; ha descubierto que el propio cuerpo es capaz de fabricar su propia medicina protectora en la sangre. Ha nacido el concepto de «antitoxina». En esa fría noche berlinesa, contemplando el milagro de la vida resistiendo a la muerte en un tubo de ensayo, Emil von Behring acaba de fundar la inmunoterapia moderna y de arrebatarle a la difteria su corona de terror.

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