La sangre debe cumplir dos funciones aparentemente contradictorias. Tiene que permanecer fluida mientras circula por miles de kilómetros de vasos sanguíneos y, al mismo tiempo, ser capaz de detener una hemorragia en segundos cuando uno de esos vasos se rompe.
Para lograrlo, el organismo dispone de un sofisticado sistema de hemostasia en el que participan las plaquetas, la pared vascular y múltiples proteínas plasmáticas. Entre ellas destaca una molécula gigantesca y extraordinariamente versátil: el factor de von Willebrand (VWF).
Cuando esta proteína falta, está disminuida o funciona de manera defectuosa, aparece la enfermedad de Von Willebrand, actualmente reconocida como el trastorno hemorrágico hereditario más frecuente.
Una niña de cinco años cambió la historia de la hematología
La historia comenzó en 1924.
Una niña de cinco años llamada Hjördis, procedente de Föglö, una de las islas del archipiélago de Åland, fue llevada al Hospital Deaconess de Helsinki. Presentaba una tendencia hemorrágica extraordinaria: epistaxis frecuentes, sangrado gingival, grandes hematomas y hemorragias prolongadas después de traumatismos aparentemente menores.
El médico que la estudió fue Erik Adolf von Willebrand, internista finlandés nacido en Vaasa en 1870.
Lo verdaderamente intrigante apareció cuando comenzó a reconstruir la historia familiar. Hjördis era la novena de once hermanos y siete de ellos habían presentado síntomas hemorrágicos. Tres habían fallecido por hemorragias graves. Al ampliar el árbol genealógico, Von Willebrand encontró numerosos afectados de ambos sexos.
Aquello no encajaba bien con la hemofilia clásica, que se transmite ligada al cromosoma X y afecta fundamentalmente a varones.
Además, la forma de sangrar era diferente.
Los pacientes de Åland sufrían principalmente hemorragias de mucosas: nariz, boca, aparato digestivo y, de manera especialmente dramática, menstruaciones muy abundantes. Las hemorragias articulares típicas de la hemofilia eran poco frecuentes.
Hjördis sobrevivió hasta los 14 años. Falleció durante su cuarta menstruación debido a una hemorragia incontrolable.
La “pseudohemofilia” que no era hemofilia
En 1926, Von Willebrand publicó su histórica monografía Hereditär pseudohemofili, o pseudohemofilia hereditaria.
Los análisis disponibles entonces mostraban una paradoja importante: el número de plaquetas era normal y el tiempo global de coagulación podía ser normal, pero el tiempo de sangría estaba extraordinariamente prolongado. En el caso de Hjördis llegó a ser necesario detener la hemorragia mediante compresión después de dos horas.
Von Willebrand dedujo que existía un defecto diferente al de la hemofilia. Con las herramientas científicas de 1926 todavía no podía identificar la proteína responsable, pero comprendió correctamente que había una alteración de la interacción entre las plaquetas y la pared vascular.
Décadas después se descubriría el verdadero protagonista: el factor que terminaría llevando su nombre.
El velcro molecular de las plaquetas
Cuando un vaso sanguíneo se lesiona, queda expuesto el colágeno que normalmente permanece oculto bajo el endotelio.
El factor de von Willebrand actúa entonces como una especie de puente molecular.
Una parte de la molécula se une al colágeno de la pared vascular dañada y otra se une a receptores de las plaquetas. Gracias a esta interacción, las plaquetas pueden adherirse al lugar de la lesión incluso bajo las enormes fuerzas de cizallamiento existentes en pequeños vasos y arterias.
Por eso resulta útil imaginar el VWF como un “velcro biológico”: conecta rápidamente la superficie dañada con las primeras plaquetas encargadas de formar el tapón hemostático.
Pero posee una segunda función igualmente importante.
El guardaespaldas del factor VIII
El factor de von Willebrand también transporta y protege al factor VIII, una proteína esencial de la coagulación.
Sin VWF suficiente, el factor VIII circulante se degrada con mayor rapidez. Esto explica por qué las formas graves de enfermedad de Von Willebrand pueden presentar también niveles bajos de factor VIII y, clínicamente, parecerse parcialmente a una hemofilia.
La enfermedad se clasifica actualmente en tres grandes grupos. El tipo 1 corresponde generalmente a una disminución parcial cuantitativa del VWF y es el más frecuente. El tipo 2 engloba defectos cualitativos en los que la proteína existe pero funciona mal. El tipo 3, mucho más raro, presenta una deficiencia prácticamente completa y puede ocasionar hemorragias muy graves.
La familia original de Åland incluía personas con enfermedad especialmente severa, y estudios posteriores identificaron alteraciones moleculares del VWF en sus descendientes.
Una enfermedad mucho más frecuente de lo que parece
Los estudios poblacionales han encontrado alteraciones compatibles con enfermedad de Von Willebrand en hasta aproximadamente el 1% de la población, aunque muchos individuos tienen síntomas mínimos o ninguno.
Cuando se exige una manifestación clínica hemorrágica significativa, la frecuencia es mucho menor, aproximadamente 1 por cada 1.000 personas.
Esta diferencia explica por qué numerosos pacientes pueden pasar años sin diagnóstico.
Una mujer puede pensar que sus menstruaciones extremadamente abundantes son “normales en su familia”; otra persona puede atribuir sus hematomas fáciles o las hemorragias nasales a una simple fragilidad capilar.
El diagnóstico aparece a veces después de una extracción dental, una cirugía o un parto.
De la observación clínica a la medicina de precisión
Hoy el estudio de la enfermedad combina la concentración de VWF, pruebas de su actividad funcional, medición del factor VIII y, cuando está indicado, estudios especializados de multímeros o análisis genético.
El tratamiento depende del subtipo y de la situación clínica.
La desmopresina puede estimular la liberación del VWF almacenado en las células endoteliales en determinados pacientes. Cuando esto no es suficiente o está contraindicado, pueden administrarse concentrados que contienen VWF, incluidos preparados derivados de plasma y productos recombinantes. Los antifibrinolíticos son además especialmente útiles en hemorragias de mucosas y procedimientos odontológicos.
El objetivo moderno no es simplemente detener una hemorragia: es anticiparla.
Un siglo después de Hjördis
En 2026 se cumplen cien años de la publicación que describió aquella “pseudohemofilia hereditaria”. La observación de una niña procedente de una pequeña isla del Báltico terminó identificando una proteína fundamental para comprender la hemostasia humana.
La historia puede resumirse en una secuencia extraordinariamente sencilla:
vaso lesionado → exposición del colágeno → VWF → adhesión plaquetaria → formación del tapón hemostático.
Erik von Willebrand no llegó a ver la molécula que hoy lleva su apellido. Pero supo reconocer su ausencia mucho antes de que pudiera medirse.
Y quizá esa sea la enseñanza más poderosa de su historia: antes de descubrir una molécula, a veces hay que descubrir primero el patrón clínico que revela que esa molécula existe.








