El Momento Eureka
Secunderabad, India, 20 de agosto de 1897. El calor del monzón es una presencia física, una masa de aire húmedo y denso que dificulta incluso la respiración. En una pequeña habitación del Servicio Médico Indio, un hombre de mirada intensa y bigote espeso lucha contra el agotamiento físico y la ceguera inminente. Es Ronald Ross. Sus ojos están enrojecidos, irritados por las interminables horas pasadas frente a las lentes de un microscopio rudimentario, cuyas piezas metálicas están medio oxidadas por el implacable clima tropical. El sudor le corre por la frente, cayendo en gotas que amenazan con empañar las muestras de vidrio que tiene sobre la mesa.
Lleva más de dos años inmerso en una búsqueda obsesiva que muchos de sus colegas militares consideran una completa locura. Ross está convencido de que la malaria, la plaga milenaria que diezma a ejércitos enteros y condena a la miseria a millones de personas en el subcontinente, no se transmite por el "mal aire" de los pantanos, sino a través de la picadura de un insecto. Ese día, solo le quedan unos pocos mosquitos por diseccionar; una variedad extraña, de alas moteadas, que ha capturado recientemente y a los que ha alimentado con la sangre de un paciente nativo llamado Husein Khan, gravemente enfermo de malaria.
Con dedos temblorosos, pero quirúrgicamente precisos, Ross realiza la disección del estómago del último mosquito de la jornada. Coloca el tejido bajo el objetivo del microscopio. Al principio, solo ve las estructuras celulares habituales del insecto. La frustración y el desánimo, sus viejos compañeros de viaje, comienzan a invadirlo. Está a punto de rendirse y dar el día por perdido cuando, de repente, nota algo anómalo en la pared externa del estómago del mosquito.
Ajusta el foco micrométrico. Allí, perfectamente delineadas, aparecen unas diminutas células circulares que contienen unos gránulos de un pigmento negro y brillante. Ross contiene el aliento. Ese pigmento es idéntico al que el científico francés Alphonse Laveran había observado años antes en la sangre de los seres humanos infectados. No hay duda posible. El parásito de la malaria está vivo, creciendo y multiplicándose en el interior del insecto.
Ross se aparta del microscopio. Sabe que ha cazado al asesino. En su diario, presa de la emoción y de su sensibilidad artística, escribe unos versos improvisados: «Este día Dios ha puesto en mis manos una luz maravillosa». Aquel 20 de agosto, bautizado para la posteridad como el "Día del Mosquito", Ronald Ross acaba de descifrar uno de los enigmas más antiguos y mortales de la historia de la medicina mundial.

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