jueves, 24 de septiembre de 2026

Charles Louis Alphonse Laveran. El descubridor del parásito de la malaria (Premio Nobel de Fisiología y Medicina, 1907)

El Momento Eureka

Constantina, Argelia, 6 de noviembre de 1880. En el hospital militar francés, Charles Louis Alphonse Laveran examina al microscopio sangre fresca de un soldado que sufre fiebre palúdica. Lleva meses estudiando a pacientes con malaria en distintos destinos argelinos y sospecha que la enfermedad contiene un elemento todavía desconocido. A diferencia de muchos investigadores de su tiempo, no busca el agente en el suelo, el agua o el aire de las zonas pantanosas, sino directamente en la sangre de los enfermos. Trabaja sin tinciones, utilizando preparaciones frescas y un microscopio con un aumento aproximado de cuatrocientas veces. 

En el campo microscópico aparecen glóbulos rojos y pequeños cuerpos pigmentados que Laveran ya había observado anteriormente. El pigmento oscuro le llama la atención porque también aparece en órganos de pacientes fallecidos de malaria. Pero aquel día sucede algo diferente. En una de las preparaciones contempla unos elementos redondeados de los que emergen repentinamente filamentos largos y extremadamente móviles. Se agitan con tal rapidez que desplazan a los hematíes vecinos. Laveran observa el fenómeno con atención y comprende que no está ante un precipitado químico ni ante una deformación pasiva de las células sanguíneas. Aquello está vivo. 

Hoy sabemos que Laveran estaba contemplando el fenómeno de exflagelación de los gametocitos masculinos de Plasmodium. Tras extraerse la sangre y quedar expuesta a cambios de temperatura y condiciones químicas, el gametocito puede liberar rápidamente gametos flagelados móviles. En 1880 todavía se desconocía ese significado biológico. Laveran no podía saber que aquellas estructuras estaban relacionadas con la fase sexual del parásito que normalmente ocurre en el mosquito. Pero su movimiento constituía una evidencia extraordinaria de que el elemento presente en la sangre no era una estructura humana alterada, sino un organismo parasitario. 

Laveran continúa examinando muestras y encuentra diferentes formas del mismo agente: cuerpos esféricos pigmentados, elementos alargados y formas móviles. Lo denomina inicialmente Oscillaria malariae. Su interpretación es audaz porque la bacteriología está viviendo precisamente su gran expansión y muchos investigadores esperan encontrar una bacteria como causa de la malaria. Laveran propone algo distinto: el agente pertenece al mundo de los protozoos. En las semanas siguientes comunica sus observaciones a la Academia de Medicina francesa, aunque la recepción inicial es fría y escéptica. La imagen microscópica resulta demasiado extraña para encajar fácilmente en las teorías dominantes. 

Aquel 6 de noviembre no quedó resuelto el ciclo completo de la malaria. Laveran todavía desconocía cómo pasaba el parásito de una persona a otra y tampoco existía entonces el género Plasmodium con el significado taxonómico actual. Pero había identificado algo fundamental: un protozoo presente en la sangre era el agente causal de la malaria. Por primera vez se demostraba de manera convincente que un protozoo podía provocar una enfermedad humana. El descubrimiento abría un nuevo territorio para la medicina y proporcionaba la pieza que años después permitiría comprender la transmisión de la malaria por mosquitos. 

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