El Momento Eureka
Barcelona, 1888. Santiago Ramón y Cajal acaba de ocupar la cátedra de Histología y Anatomía Patológica de la Universidad. El año anterior, durante una visita a Madrid, Luis Simarro le había mostrado por primera vez preparaciones del sistema nervioso realizadas mediante la reacción negra de Golgi. Cajal quedó fascinado. Aquella técnica permitía impregnar con sales de plata unas pocas células nerviosas completas y hacer visibles sus prolongaciones. De regreso a su laboratorio, comenzó a modificar el procedimiento y a aplicarlo sistemáticamente al cerebelo, la retina y otros tejidos nerviosos de aves y pequeños mamíferos.
Cajal comprendió además que el tejido embrionario ofrecía una ventaja decisiva: sus circuitos eran más simples, las prolongaciones más cortas y la maraña neuronal mucho menos densa que en el cerebro adulto. Aquella estrategia, que él mismo compararía después con estudiar un bosque joven antes de que las copas de los árboles se entrelazaran, permitió seguir axones y dendritas con mucha mayor claridad. En sus preparaciones del cerebelo de aves comenzó a observar terminaciones libres, arborizaciones y delicadas prolongaciones que no parecían fusionarse entre sí. La continuidad reticular defendida por muchos anatomistas empezaba a resquebrajarse ante sus ojos.
Uno de los hallazgos más reveladores apareció alrededor de las células de Purkinje. Cajal observó finas fibras que descendían y terminaban formando estructuras semejantes a penachos o cestas alrededor de los cuerpos celulares, pero sin fundirse físicamente con ellos. También describió el delicadísimo axón de las células granulares del cerebelo y comprobó que sus ramas terminaban libremente. Aquellas observaciones le sugerían una organización radicalmente distinta: las células nerviosas podían aproximarse íntimamente unas a otras y transmitir información sin perder su individualidad anatómica. Era la evidencia que necesitaba para desafiar el reticularismo.
No hubo probablemente un único segundo dramático en el que Cajal “viera” de golpe toda la doctrina neuronal. El verdadero eureka fue una acumulación vertiginosa de observaciones durante aquel 1888 que él mismo llamaría después su “año cumbre” y “año de fortuna”. Cerebelo, retina, médula espinal y otros centros nerviosos repetían el mismo principio: las prolongaciones terminaban libremente y las células conservaban su independencia. En 1889 llevó sus preparaciones al Congreso de la Sociedad Anatómica Alemana, donde consiguió convencer a figuras tan influyentes como Rudolf Kölliker de la solidez de sus observaciones.
Cajal había encontrado la estructura fundamental del sistema nervioso moderno: no una red continua de citoplasma, sino un mosaico organizado de células individuales que se relacionan por contacto. La palabra “neurona” sería popularizada poco después por Wilhelm Waldeyer, y Charles Sherrington introduciría más adelante el término “sinapsis” para designar las regiones de comunicación entre ellas. Pero la arquitectura esencial estaba ya allí. En aquel laboratorio barcelonés, Cajal había comenzado a transformar una maraña microscópica en un sistema celular ordenado y había abierto el camino de la neurociencia moderna.

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