viernes, 25 de septiembre de 2026

Iliá Ilich Méchnikov. El ejército celular del cuerpo (Premio Nobel de Fisiología y Medicina, 1908)

El Momento Eureka

Mesina, Sicilia, invierno de 1882. Iliá Ilich Méchnikov trabaja en un pequeño laboratorio privado instalado junto al Mediterráneo. A sus treinta y siete años ya es un zoólogo y embriólogo experimentado, pero una pregunta comienza a obsesionarlo: ¿qué función cumplen las células móviles que observa desplazándose dentro de organismos marinos transparentes? Hasta entonces las había estudiado principalmente como parte del desarrollo embrionario. Ahora sospecha que podrían tener una misión completamente diferente: proteger al organismo frente a aquello que penetra en él desde el exterior. La idea conectaba embriología, evolución y enfermedad de una manera que nadie había formulado todavía con claridad. 

Según el relato que posteriormente dejó su esposa Olga, aquel día la familia había salido y Méchnikov permaneció solo con sus animales experimentales. Tomó pequeñas espinas vegetales —las fuentes históricas difieren sobre si procedían de un rosal o de un mandarino utilizado como árbol de Navidad— y las introdujo bajo la piel transparente de larvas de estrella de mar. La simplicidad del experimento era extraordinaria. No estaba inoculando una bacteria concreta ni administrando un medicamento. Introducía simplemente un cuerpo extraño y esperaba observar qué hacía espontáneamente el organismo frente a aquella agresión. 

Al examinar las larvas horas después, observa que numerosas células móviles se han desplazado hacia la espina y se agrupan a su alrededor. Aquellas células no permanecen pasivas. Se aproximan, rodean el material extraño y parecen intentar incorporarlo. Para un embriólogo familiarizado con organismos simples, la escena despierta inmediatamente una asociación: algunas células primitivas obtienen alimento envolviendo y digiriendo partículas. ¿Y si, durante la evolución, esa antigua capacidad digestiva hubiera sido reutilizada como mecanismo defensivo? Las células que antes servían para alimentarse podían haberse convertido, en animales más complejos, en guardianes capaces de reconocer y eliminar intrusos. 

Méchnikov comienza entonces a estudiar el fenómeno en otros organismos. En Daphnia, pequeñas pulgas de agua, observa células que se acumulan alrededor de microorganismos invasores y los engullen. Después amplía sus investigaciones a vertebrados y relaciona aquellas células móviles con determinados leucocitos. La reacción inflamatoria adquiere así un significado completamente nuevo. La migración de células hacia una lesión no tiene por qué representar únicamente daño o desorganización del tejido: puede constituir una respuesta activa de defensa. La inflamación empieza a interpretarse como parte de una estrategia biológica desarrollada durante la evolución para enfrentarse a amenazas externas. 

Durante una visita posterior a Viena, el zoólogo Carl Claus sugirió para aquellas células el término fagocitos, derivado del griego phagein, comer, y kytos, célula. La teoría encontraría durante años una oposición considerable, pero el principio esencial había nacido en Mesina: determinadas células pueden desplazarse hacia elementos extraños, envolverlos e ingerirlos. Méchnikov denominó al proceso fagocitosis y convirtió una sencilla observación zoológica en una teoría general de la inmunidad. Había descubierto que una parte fundamental de nuestras defensas no circula únicamente disuelta en la sangre: camina, persigue y devora. 

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