La enfermedad de Refsum es una de esas patologías raras en las que una alteración bioquímica aparentemente pequeña termina afectando a sistemas muy distintos del organismo. Retina, nervios periféricos, piel, equilibrio, audición y corazón pueden verse comprometidos por la acumulación progresiva de una molécula: el ácido fitánico.
La forma clásica del adulto es un trastorno peroxisomal, habitualmente causado por variantes bialélicas en PHYH y, con menor frecuencia, en PEX7. El problema central es que el organismo pierde capacidad para degradar adecuadamente el ácido fitánico mediante la vía de α-oxidación peroxisomal, por lo que este lípido comienza a acumularse en plasma y tejidos.
1. La trampa de la clorofila de las vacas
Uno de los aspectos más llamativos de la enfermedad de Refsum es que el ácido fitánico acumulado no procede de una síntesis humana significativa, sino fundamentalmente de la dieta.
Su origen está relacionado con el fitol, una cadena lateral de la clorofila. Los rumiantes pueden liberar y metabolizar este compuesto durante la digestión de material vegetal, de manera que el ácido fitánico termina incorporándose a sus tejidos grasos y a determinados alimentos derivados de ellos. Por eso, productos procedentes de vaca, oveja o cabra, especialmente aquellos ricos en grasa, constituyen fuentes dietéticas relevantes.
En una persona sana esto no supone un problema importante: el ácido fitánico puede degradarse. En la enfermedad de Refsum, en cambio, el defecto de α-oxidación impide procesarlo con normalidad.
El resultado es una especie de “atasco metabólico”. Una molécula presente en la cadena alimentaria comienza a acumularse lentamente hasta alcanzar concentraciones capaces de producir toxicidad celular.
Por eso, el tratamiento dietético no es un complemento menor: constituye una de las bases fundamentales del manejo de la enfermedad. La restricción de alimentos ricos en ácido fitánico puede mejorar manifestaciones como la ictiosis, la neuropatía sensitiva y la ataxia.
2. El peligro paradójico del ayuno
Aquí aparece una de las paradojas más interesantes de Refsum.
Podría parecer lógico pensar que reducir drásticamente la ingesta ayudaría a disminuir el ácido fitánico. Sin embargo, un ayuno prolongado o una pérdida rápida de peso pueden hacer exactamente lo contrario.
El organismo almacena ácido fitánico, entre otros lípidos, en el tejido adiposo. Cuando una persona entra en una situación catabólica intensa, empieza a movilizar esa grasa para obtener energía. Al hacerlo, también libera el ácido fitánico almacenado hacia la circulación.
Por ello, las recomendaciones actuales insisten en evitar:
- ayunos prolongados,
- dietas hipocalóricas agresivas,
- pérdidas bruscas de peso,
- y estados catabólicos mal controlados durante enfermedades graves, cirugía o periodos de estrés metabólico.
El aumento brusco del ácido fitánico circulante puede empeorar la sintomatología y, en situaciones graves, asociarse a debilidad intensa, cardiomiopatía y arritmias potencialmente peligrosas.
Esta peculiaridad convierte a Refsum en una enfermedad en la que no basta con saber qué alimentos evitar: también importa mantener un aporte energético suficiente para impedir que el propio tejido adiposo se convierta en una fuente interna de ácido fitánico.
3. Cuando la sangre se convierte en el objetivo terapéutico
En situaciones agudas, la medicina dispone de una herramienta mucho más rápida que la dieta: la plasmaféresis o, en determinados contextos, la aféresis lipídica.
El ácido fitánico circula asociado a lipoproteínas plasmáticas. Por ello, puede reducirse de manera relativamente rápida retirando y sustituyendo parte del plasma del paciente. En cuadros graves, especialmente ante arritmias agudas o debilidad extrema, esta estrategia puede disminuir sustancialmente la concentración plasmática de ácido fitánico.
GeneReviews señala que la plasmaféresis puede reducir las concentraciones plasmáticas aproximadamente un 50–70 % en determinados escenarios clínicos. No sustituye al tratamiento dietético crónico, pero puede funcionar como intervención de rescate cuando la acumulación representa un riesgo inmediato.
Es un ejemplo especialmente relevante de medicina metabólica: cuando la vía bioquímica defectuosa no puede corregirse de inmediato, se intenta retirar físicamente del organismo el metabolito tóxico que se ha acumulado.
Una enfermedad rara, pero extraordinariamente ilustrativa
La enfermedad de Refsum fue descrita por el neurólogo noruego Sigvald Refsum en 1946, quien la denominó inicialmente heredopathia atactica polyneuritiformis. Hoy sabemos que se trata de una enfermedad autosómica recesiva y que las manifestaciones clínicas pueden aparecer desde edades tempranas hasta la vida adulta.
Entre sus manifestaciones características se encuentran:
retinitis pigmentosa, anosmia, polineuropatía, ataxia, sordera neurosensorial, ictiosis y, en algunos pacientes, afectación cardíaca.
Paradójicamente, a pesar de la gravedad potencial de algunas de sus complicaciones, Refsum es también una de las enfermedades neurodegenerativas hereditarias en las que una intervención aparentemente sencilla —la modificación de la dieta— puede alterar de forma relevante la evolución clínica.
El pasto verde de una pradera parece estar muy lejos de una enfermedad neurológica humana. Sin embargo, entre ambos existe una cadena bioquímica sorprendentemente directa:
clorofila → fitol → ácido fitánico → acumulación tisular → neurotoxicidad.
Y precisamente ahí reside una de las grandes lecciones de la enfermedad de Refsum: a veces, la historia natural de una enfermedad no empieza en una neurona ni en un gen, sino mucho antes, en una molécula escondida dentro de una hoja verde.















